Unos cascos sanos hacen caballos sanos

A pesar de su dura apariencia los cascos son una de las partes más frágiles de la anatomía de un caballo, lo que obliga a tenerlos siempre limpios y en buen estado si queremos que la salud de nuestro animal no se resienta. Aquí damos algunos consejos para conseguir unas pezuñas sanas.

El caballo es un mamífero perisodáctilo ungulado cuyo peso corporal descansa sobre cuatro dedos centrales que después de miles de años de evolución se han transformado exteriormente en lo que habitualmente conocemos como pezuñas o cascos. En anatomía comparada la pezuña de un caballo correspondería con el “dedo corazón” de un humano.

Las patas de los caballos están conformadas por docenas de huesos, articulaciones, músculos, tendones y ligamentos, que sirven para proporcionar a los animales apoyo, tracción y absorción de impactos, y es precisamente el concepto de “estrés óseo” la explicación de que todos los equinos dispongan de cascos.

Hace miles de años los caballos tenían el tamaño de un perro grande y sus patas estaban terminadas en varios dedos. A medida que su tamaño fue incrementándose y con el objetivo de absorber mejor los esfuerzos generados durante la carrera estos dedos originales se fueron atrofiando paulatinamente hasta quedar reducidos a uno solo cubierto por una capa protectora (pezuña) compuesta de queratina.

Los cascos son por lo tanto una parte fundamental de la anatomía de un caballo y por ello es obligatorio cuidarlos con mimo para mantenerlos sanos y en buen estado con el fin de evitar posibles lesiones, siendo conveniente lavarlos como mínimo una vez al día, preferiblemente siempre después del trabajo y dando tiempo para un correcto secado antes de regresar al box.

En la pezuña de un caballo debemos distinguir tres partes principales. La “Pared” es la zona exterior y su crecimiento se produce en dirección descendente desde la corona, que es la parte superior donde el casco se inserta con la pata.

La “Suela” es la zona inferior que, junto al borde frontal y la llamada línea alba, está en contacto con el suelo. Es una parte delgada y con una forma ligeramente cóncava con el fin de proteger el casco de posibles lesiones, por lo cual debe ser objeto de muchos cuidados para que siempre se mantenga en óptimas condiciones.

Finalmente, la “Ranilla” es fácilmente visible en la parte inferior. Se trata de un mecanismo amortiguador y antideslizante que facilita que el casco se extienda y se contraiga a cada paso del animal, por lo que resulta fundamental mantenerla en todo momento limpia para evitar problemas y facilitar un correcto apoyo.

Los cascos no dejan de crecer durante toda la vida del caballo  -al ritmo aproximado de un centímetro al mes- y a pesar de estar formados por un material de notable dureza están sometidos al desgaste por rozamiento, sobre todo cuando los animales se mueven habitualmente sobre suelos duros, razón por la cual es aconsejable prevenir un desgaste excesivo con la utilización de herraduras protectoras.

Algunos expertos sostienen que cuando los cascos tienen paredes fuertes y buenas ranillas, y siempre que el animal pise fuerte y recto, el herraje no es una cuestión obligatoria, aunque a la hora de determinar la necesidad o no de herrar hay que tener en cuenta muchas variables, como dureza del terreno, tipo de trabajo que realiza el caballo, peso, alimentación, etc, haciendo que con carácter general lo más aconsejable sea echar mano de las herraduras y olvidarse de problemas.

Lo que nadie discute es que la limpieza es factor primordial para un casco sano y para ello es conveniente eliminar todos los restos de barro y de suciedad y en la zona de la ranilla retirar piedras y cualquier otro elemento invasor. Durante estas operaciones es fundamental comprobar el estado y fijación de las herraduras, el grado de sequedad de los cascos y asegurarse de que no existen cortes o grietas. Cualquier olor desagradable que percibamos puede ser síntoma de alguna infección y motivo de que busquemos el consejo del especialista.

A pesar de su sólida apariencia las pezuñas son muy delicadas y cualquier objeto externo como una piedra, un clavo o un trozo de cristal, puede causar mucho daño, al igual que sucede con la siempre desaconsejable acumulación de estiércol, que además de ofrecer una mala imagen del caballo puede derivar en podredumbre de la ranilla y en un reblandecimiento general del casco.

Finalmente, hay que advertir que unas herraduras deterioradas, mal asentadas, sueltas o con clavos levantados deben ser rápidamente sustituidas, dado que pueden provocar una caída o una lesión en nuestro caballo.

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